LEOPOLDO ALAS “CLARÍN”, “EN EL TREN”
Leopoldo Alas es una de las figuras más destacadas e importantes de
la literatura española, y con especial lugar en las letras
asturianas, pese a que no es asturiano de nacimiento. Escribió obras
literarios y también numerosos artículos para periódicos, donde
también publicó algunos de sus libros, a pequeños folletos antes
de juntarlo todo en un libro completo.
El cuento titulado “En el tren” fue publicado en el periódico El
Imparcial el 19 de agosto de
1895. Y en este relato narra
un breve encuentro entre tres personajes mediante
los cuales
hace una crítica a la guerra
de Cuba y la manera en la que se reclutaban soldados para la batalla.
Principalmente porque los que tenían más dinero pagaban un dinero
extra para librarse de ir, mientras que los pobres estaban casi
obligados a ir y morir en el
campo de batalla.
El
relato comienza con el enfado de uno de los pasajeros
que viajaban en el tren, que por su manera de comportarse se nota que
es una persona arrogante, a la que no le gusta compartir sus
privilegios con quién los necesita. En este caso la persona que va a
compartir su reservado de vagón de tren con una mujer viuda, que a
penas dice una sola palabra, y también con otro pasajero más, en
este caso un teniente de artillería. El respeto, o más bien miedo,
hacia la gente con más dinero se ve representada en la figura del
jefe de estación, que pese a tener
más poder que el Duque de Pergamino en
ese lugar, a penas se atreve
a darle la razón al Teniente.
A continuación comienzan a hablar sobre el destino del teniente, que
se dirige a la guerra de Cuba, y no por voluntad propia. En palabras
del teniente, que es el que va a estar en la línea de batalla, no es
algo por lo que estar contento ya que debe dejar a su familia atrás.
Pero en palabras del Duque es algo por lo que estar orgulloso porque
se va a “¡defender al país, la patria, la bandera!”.
La crítica hacia una clase social determinada, y hacia la selección
de participantes para la guerra de Cuba llega cuando a continuación
el Duque explica al militar que el se dirige a sus vacaciones de
verano, primero a Biarrtiz y después al norte de Francia para
después cruzar el canal y pasar agosto y septiembre en varias islas
inglesas. Cuenta como era la situación allí en “Ultramar”
cuando él era ministro, y como pese a tener el poder para hacerlo,
dice que no aplicó el cauterio porque “no tuvo tiempo”.
Después es cuando comienza a hablar sobre la muerte de un general y
un capitán de los que a penas recuerda sus nombres pero que cree que
debería tener una estatua por su arrojo y servicio. Entonces cuando
el teniente se va tras llegar a su destino, el Duque intenta entablar
conversación con la otra pasajera, que había pasado desapercibida
hasta entonces, una viuda vestida de luto de pies a cabeza.
Al sentir su rechazo, y sus pocas palabras hacia él sigue ojeando el
periódico cuando la viuda se levanta para saludar a dos conocidos en
el reservado, también de luto.
Al ver todos esos abrazos, llantos y despedidas, y el luto de su
acompañante, le pregunta qué le había pasado, cuando la señora le
responde con frialdad que era la viuda de aquel capitán del que ni
siquiera sabía el nombre, el capitán Fernández.
El Duque que reclamaba las estatuas
y todos los honores para ese general y ese capitán, a parte de no
saber ni como se llamaban tampoco se había preocupado de las
familias que habían dejado atrás, y quizás sin nada de lo que
poder vivir.
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